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Mundubat, UN PROYECTO ÉTICO Y POLÍTICO

por F. Javier Vitoria, Mundubat

Lunes 1ro de septiembre de 2008

“Somos un colectivo que… coopera con mujeres y hombres, con asociaciones, con comunidades del Sur en sus retos de desarrollo y transformación social. Nuestro compromiso solidario y ético _también en el Norte_ quiere contribuir a la defensa de los Derechos Humanos, y al desarrollo humano sostenible en los dos hemisferios”.

1. Haciendo memoria: Mundubat, una organización “mestiza” Nuestra organización nace el año 1988. Justamente al final de un tiempo que se ha denominado “la década perdida”. Tras este eufemismo se encierra la terrible y sangrante realidad de una generación humana sacrificada. Se puso en marcha un año antes de la caída del muro de Berlín. Acontecimiento de tal calado geopolítico que para muchos significó la entrada en el s. XXI. Su constitución fue fruto de la confluencia de una doble matriz cultural: la del cristianismo progresista (o samaritano) de fuerte impostación político-liberadora; y la de una determinada escuela de valores e ideologías de la izquierda política y social.

Dieciocho años más tarde somos conscientes de que:  el abismo que separa a pobres y ricos es mayor que entonces;  nuevos muros materiales y visibles se están levantando en nuestro mundo globalizado;  somos una “oenegede” del mundo rico; nuestra base social la componen ciudadanos y ciudadanas de una sociedad cuyas prácticas políticas en favor del desarrollo de los pueblos empobrecidos no pueden calificarse de auténticamente solidarias. Se trata más bien de una “solidaridad sin consecuencias” o de una “solidaridad bonsai”;  las “oenegedes” están bajo sospecha. Los motivos son diversos y algunos claramente interesados. Pero no podemos ignorar los riesgos que corremos de confirmar que nuestras prácticas solamente sirven para fortalecer el sistema mundial imperante, que es claramente el máximo responsable de la actual situación de injusticia y desorden internacional que padecemos. A lo largo de estos años lógicamente nuestra organización ha ido viviendo y adaptándose a los cambios sociales, políticos y culturales. Estas metamorfosis han impactado fuertemente en las dos matrices culturales de las que proviene, produciendo en ambas una fuerte crisis en su esperanza histórica en la construcción de un futuro más justo y digno para el conjunto de la humanidad.

Pero también ha recibido en su seno personas con otros orígenes culturales. El movimiento alterglobalización refleja bien estos cambios y la diversidad de la que formamos parte. Mundubat es parte de todo esto: fue y es una organización mestiza. Con gentes de la vieja escuela (1) que han tenido que evolucionar y con gentes jóvenes que muestran nuevas capacidades y valores (2) , pero que también necesitan rescatar valores de la generación que le antecede. La ética de Mundubat, su proyecto político, no es el fruto de una suma, sino de una simbiosis, de una comunión, primero, de lo mejor de las dos tradiciones y, después, de las dos generaciones. El éxito consiste en saber hacer de los “conflictos” que a priori pueden representar estas dos realidades, una oportunidad de enriquecimiento individual y colectivo en vistas a encarnar mejor los valores de la organización y a optimizar el cumplimiento de nuestra misión.

2. La visión política, un denominador común potente: “la compasión no basta” Enfocamos la solidaridad como complementaria a la justicia. Esta última es el valor central de la ética: plantea la igualdad entre los seres humanos. La realización de la justicia está íntimamente vinculada a lo público, es una virtud política. Hace falta un soporte institucional adecuado y una fuerte acción ciudadana. Los poderes públicos han de velar porque el interés general no sea lesionado por los intereses particulares. La justicia requiere de cambios estructurales y poderes democráticos en el mundo. La democracia también debe modificar la economía.

Por todo ello formamos parte de una aspiración, de un horizonte político, y no somos meros ejecutores de proyectos. Concebimos la solidaridad como condición de la justicia, pero no como la que la constituye. Atrás queda la “solidaridad” anclada en los buenos sentimientos, como la compasión, aunque éstos son siempre necesarios.

3. Nueva visión de la solidaridad En coherencia con una concepción de la solidaridad que se apoya en el modelo causal (hay que actuar sobre las causas), nos situamos, con otros muchos, en la idea de superación de la tradicional solidaridad (de ida Norte-Sur) por otra que se basa en la CORRESPONSABILIDAD: actores del Norte y del Sur juntos en una misma lucha y en la construcción de proyectos.

La construcción corresponsable de unas nuevas relaciones entre Norte y Sur pasa por compartir los sueños y esperanzas de los empobrecidos. Recorrer el camino de sus visiones conduce primeramente a pensar -con Gabriel García Márquez- en la posibilidad histórica de “una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad”. Y a movilizar la imaginación y las manos con el fin de concretar proyectos viables de apoyo a los pueblos del Sur, que aspiran a su propia vida y a su propio destino en el reparto del mundo, y de contribuir de esta manera a que una auténtica comunidad humana exista sobre el planeta Tierra.

Esto nos plantea el desafío de ser coherentes en el terreno y en el Norte. No tenemos dos políticas, dos comportamientos, sino uno sólo. Hemos de ser conscientes que toda propuesta cultural que responda a un diseño solidario auténtico será descalificada por maximalista y carente de racionalidad. Sus orientaciones resultan peligrosas para los intereses de la cultura de la satisfacción (3) . Sencillamente, dan miedo porque ponen en peligro la calidad de vida de los ciudadanos del Norte. Ante semejante pérdida nada importa que sea la vida misma la que corra peligro en el Sur. El mal radical que padece el mundo rico del que formamos parte no es tanto -como denunciara E. Fromm en 1941- el del “miedo a la libertad”, cuanto el del “miedo a la solidaridad”. Los ciudadanos y ciudadanas del mundo rico no parecemos estar dispuestos a renunciar a nuestro nivel y estilo de vida material, incluso en la hipótesis de que de dicha renuncia resultara que una inmensa mayoría del planeta pudiera simplemente subsistir.

Todo esto nos está exigiendo configurar una organización que no se contenta con ser mera portadora y ejecutora de proyectos. Necesitamos llegar a ser una organización formada en todas sus dimensiones por personas con ideales y valores, comprometidos (4) con una idea de solidaridad. Con M. Benedetti recordaremos que “todo es según el dolor con que se mira”. Mientras los rostros de los pobres sean ocultados o los rasgos de su pobreza sean exclusivamente percibidos vía satélite, el inconmensurable sufrimiento acumulado en el mundo constituirá una realidad que está-ahí, y su noticia no generará propuestas realmente solidarias. Éstas sólo brotan de la pasión provocada por la presencia corporal del otro. Sin roce, sin el cuerpo a cuerpo del sentimiento compartido, es imposible fundar una cultura solidaria, que permita colocarse en el lugar de los empobrecidos, empatizar con ellos, esto es: estar-con-ellos en su sufrimiento y buscar su felicidad como la nuestra propia. La comunión en su dolor convierte en razonables las exigencias de una convivencia entre iguales, permite superar un individualismo apático que hermana a los ciudadanos del Norte con los objetos que ni sienten ni padecen, y alcanzar precisamente en esa solidaridad la condición de personas humanas.

No hay mirada objetiva de la realidad. Dicha pretensión es una trampa. Como advierte certeramente E. Galeano: “a los fanáticos de la objetividad no hay que hacerles ni puto caso… Los que hacen de la objetividad una religión, mienten. Ellos no quieren ser objetivos, mentira: quieren ser objetos, para salvarse del dolor humano” (5). Necesitamos aprender a mirar la realidad. Y este aprendizaje pasa por dejarse mirar por el otro, por el pobre, por las víctimas del sistema. La honradez con la realidad reclama de los miembros de Mundubat una alteración de nuestra mirada, un movimiento sutil de nuestros ojos conducente a «ponerse en el punto de mira del otro». Mirarse con los ojos del otro que nos visita supone una auténtica revolución epistemológica. Así lo experimentó Bartolomé de las Casas. La mirada del indio le cambió su visión política. Así nos lo recuerda E. Wiesel, superviviente del campo de extermino nazi de Auschwitz: “Aprendí que el hombre vive diferente según se encuentre en posición vertical u horizontal. Las sombras en las paredes y en las caras no son las mismas” (6).

4. Utopía, indignación, movilización social y nuevas formas de lucha El movimiento alterglobalización ha desmentido ese rumor desmovilizador -“no hay nada que hacer”- que ha atronado constantemente en la vida de las organizaciones populares. Los actores sociales habían sido astutamente sugestionados por el mito de la ausencia de alternativas globales. La acción política está atrapada por TINA (“There Is No Alternative”). “No hay alternativa”, exclama la derecha como coartada. “No hay alternativa”, repite la izquierda convencional como excusa. Poco a poco “una filosofía pesimista de la historia que estimula más el retraimiento y la resignación que la rebelión y la indignación, y que, lejos de movilizar y politizar, sólo puede contribuir a aumentar los temores xenófobos” había ido adueñándose de la escena política. Y se ha acrecentado “la sensación de que el mundo ha escapado del control de la mayoría de los mortales se conjuga con la impresión de que -un poco a la manera del deporte de alto nivel, que abre una brecha semejante entre sus practicantes y los espectadores- el juego político es cosa de profesionales para estimular, especialmente en las personas menos politizadas, una desvinculación fatalista, evidentemente favorable a la conservación del orden establecido” (7). El cansancio, la parálisis y el desánimo provocados han resultado ser peores aliados que las dudas ante la enormidad de las dificultades objetivas.

Últimamente se ha podido contemplar y admirar a miles de personas que, a pesar de las derrotas y los fracasos, continúan siendo beligerantes con la injusticia. Ellos testifican que ser humano, y humano comprometido hasta el final con la causa de los empobrecidos es posible. “Nos recuerdan que el hombre solo cabe en la utopía” (Ernesto Sábato). Seguramente todas sus realizaciones “son cosas chiquitas”, como diría Eduardo Galeano. “No acaban con la pobreza, no nos sacan de la espiral de la violencia, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá han tenido la capacidad de desencadenar la alegría de hacer y de traducirla en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable” (8).

Una de las incógnitas que despejará el futuro será comprobar si quienes participamos del espíritu del movimiento alterglobalización sabremos mantener una dosis suficiente de indignación como para alimentar permanentemente su rebeldía. Si no es así, no habrá mañana para las víctimas del sistema. La indignación es imprescindible, pero insuficiente. Siempre resultan enormemente aleccionadoras las reflexiones de Primo Levi, superviviente de los campos de extermino nazi, acerca de la fragilidad humana y de la insuficiencia de la buena voluntad y la valentía para salir del cautiverio. “Quien se enfrenta a puñetazos con el mundo entero recupera su dignidad, pero la paga a un precio altísimo, porque está seguro de que será derrotado” (9).

La sorprendente capacidad de los nuevos poderes para absorber, asimilar y neutralizar toda propuesta que cuestione –incluso potencialmente- el orden establecido provoca la necesidad de idear nuevas militancias y nuevas formas de lucha. El futuro de la lucha por un nuevo orden mundial dependerá mucho de la capacidad de dar cuerpo organizativo a la coalición con las víctimas, de la voluntad de “enredarse” de las pequeñas organizaciones en favor de la vida y en contra de la muerte. Sin esta comunidad humana en favor de las víctimas no habrá honda de David para derrotar al Goliat de nuestro tiempo. De aquí nuestro interés en mejorar nuestra política de redes y alianzas locales, regionales e internacionales.

Pero además nada de lo que pretende el movimiento alterglobalización será posible sin un nuevo estilo cultural, sin reforma intelectual y moral de la sociedad civil, sin cambios en nuestros estilos de vida. No será posible establecer políticas extensivas de solidaridad sin sociedades civiles con cultura solidaria. Y esta necesidad radicaliza la importancia moral y política de nuestro trabajo en el Norte.

5. Una necesidad: aplicar y verificar los principios filosóficos de Mundubat. Los “Principios filosóficos” de nuestra organización han sido elaborados y aprobados con el fin de aplicarlos en todos y cada uno de nuestros proyectos y programas. Tenemos que hacer un esfuerzo para llevarlos a la práctica y para que estén presentes en nuestro trabajo. En cada uno de los temas que tenemos entre manos ha de estar presente esta inquietud, que ha de ser como nuestra “brújula” para saber si estamos acertando en nuestro trabajo o no. Hasta el punto de que hemos de estar atentos para saber si tenemos que “redefinir las reglas de juego” en nuestro trabajo.

Puesto que debe impregnar todo nuestro quehacer es un tema que debemos ir evaluando. Más aún. En realidad debiera ser nuestra principal y más decisiva evaluación. Cada cierto período de tiempo (¿3 o 4 años?) sería bueno que en cada “territorio” pudiéramos evaluar si lo que estamos haciendo es, desde el punto de vista ético y político, acorde con nuestra Misión y nuestros Valores.

Es importante evaluar si hemos utilizado con transparencia los fondos, si hemos conseguido los resultados planteados en el proyecto inicial, si nos hemos adecuado a las normativas de la Institución donante, si ha habido un suficiente impacto de género, etc. Pero más decisivo aún es saber si el proyecto ha servido para la Misión que como Mundubat queremos realizar; si ha ayudado a que las y los beneficiarios se sientan más empoderados, si les ha servido para organizarse mejor, para reclamar y pelear por sus derechos, para crear conciencia de ciudadanía y solidaridad, etc.

Con nuestro trabajo, con nuestros proyectos, programas y convenios no pretendemos solamente crear puestos de trabajo en el Norte y en el Sur, sino que queremos contribuir a la creación de las condiciones materiales para que “Otro Mundo sea Posible”. Pretendemos crear organización para que las y los beneficiarios puedan avanzar un poco más en la consecución y afianzamiento de sus derechos económicos, sociales, políticos; para que se agrupen para desarrollar más solidaridad; para tratar de mejorar sus instituciones desde lo local a lo más global.

Somos bastante expertos en responder a las exigencias de las instituciones donantes, en buscar los proyectos que mejor “encajan” en las exigencias de cada una de las normativas de cada convocatoria. Todo ello está muy bien y habla de nuestra competencia profesional. Pero quizás no tenemos suficientemente interés para preguntarnos si ese proyecto es el que mejor puede servir para llevar adelante la perspectiva ética y política de nuestra Misión; si esa contraparte, además de ser buena gestora, está de acuerdo con nuestros valores y, en la práctica, está en condiciones de desarrollar la misma Misión en ese proyecto en concreto para la cual decimos que trabajamos conjuntamente.

Por tanto sería bueno que pudiéramos empezar por planificar un proyecto de evaluación interna y externa sobre en qué medida el trabajo que realizamos en cada “territorio estratégico” de cada país va encaminado a cumplir los objetivos de nuestra Misión y de qué forma; y en qué medida sacamos conocimientos y aprendizajes (positivos y negativos) de cada proyecto o del trabajo en un territorio a lo largo de los años.

San Salvador, 21 de septiembre de 2006

NOTAS AL PIE:

(1) Desde el punto de vista ideológico el perfil de “la vieja escuela” sería el siguiente: ideologías fuertes, muy politizada en torno a la idea de (toma de) poder; optimismo en el futuro; capaces de predecir el futuro; economicista (el punto neurálgico la propiedad); explicaciones monocausales; desigual reflexión (con frecuencia poca); representación del mundo sin fisuras; gran unidad del adversario; horizonte político estatalista o ácrata; cierta dureza y rigidez en el modo de manifestarse.

(2) En general sus señas de identidad ideológicas responden a estas características: No ideologías en sentido fuerte (no se suman a las grandes ideologías anteriores); raíces en lo local y en el medioambiente; gestión colectiva; fuerte mundo de valores morales; pacifismo; igualitarismo respecto a las mujeres; pocas pretensiones teóricas; poca ambición de predecir el futuro; acción sobre la política oficial desde abajo; suaves y flexibles en la forma de producirse; buena capacidad de reflexión, pero poco capital teórico.

(3) Incluso proyectos innovadores de izquierda proponen un modelo de solidaridad-sin-consecuencias para nuestro modelo de calidad de vida. “La teoría según la cual el desarrollo de los países ’pobres’ presupone rebajar el nivel de vida de los países ’ricos’ debe ser desechada con la misma fuerza que aquélla que, de hecho, practica el maltusianismo económico y social en favor de una minoría de naciones y pueblos”: N. Sartorius, Un nuevo proyecto político. Contribución al debate en la izquierda. Madrid 1992, pp. 21-22.

(4) He renunciado muy conscientemente a utilizar el término militante en aras de lo apuntado más arriba sobre el carácter mestizo de nuestra organización. De esta forma trato de relativizar algunos de los significados que la militancia ha llevado aparejados (p.e., la disciplina, la centralización de las decisiones, la unidad, la obediencia, la jerarquía, el sacrificio, abnegación, la entrega, la adhesión fideista al partido, etc.), y que la revistieron de un optimismo desmesurado en la posibilidades de la acción socio-política y la configuraron con un talante rigorista que sospechaba de todo aquello que sonase a necesidades individuales, a goce y disfrute, a humor y celebración (véase J. R.. Capella,, Los ciudadanos siervos, Madrid, 1993, pp. 214-215). La historia nos “ha forzado” a convertirnos y nos ofrece una nueva oportunidad de “refundación” del compromiso militante. Hoy estamos en el trance de pasar de la obligatoriedad imperativa del compromiso a su gratuidad voluntaria; de ocuparnos exclusivamente de los aspectos más políticos de la emancipación social a preocuparnos de las transformaciones cotidianas y de los aspectos prepolíticos de las relaciones sociales; de solidarizarnos con ideas y proyectos a hacerlo con personas; de aplazarlo todo para después de la revolución a emprender modos de vida emancipatorios; de actuar en base a creencias a actuar en base a conocimientos; de la conciencia de clase a la conciencia de especie; de la posesión de un proyecto ideal de futuro a su búsqueda práctica. En una palabra estamos transitando de la fe en la eficacia militantista de las organizaciones (clásicas y nuevas) de transformación social a esperar de su “potencia débil”, cuando se insertan en los resquicios y grietas del sistema como gérmenes de una sociedad por venir (véase I. Zubero, Movimientos sociales y alternativas de sociedad, Madrid 1996 pp 217-221). (5) cf., El libro de los abrazos. Madrid 19912, p. 106.

(6) El día, Barcelona 1986, p. 272.

(7) cf., P. Bordieu, Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal, Barcelona 1999, p. 105. (8) Ser como ellos y otros artículos, Madrid 1992, pp. 84-85.

(9) Los hundidos y los salvados, Barcelona 1989,p. 117


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